Los dioses del deporte español (VI):Francisco Fernández Ochoa


Continuamos nuestro serial sobre los mejores deportistas españoles de siempre. Hoy os contamos la historia del mejor deportista de invierno que ha dado a luz España, Francisco “Paquito” Fernández Ochoa, quien fue, junto a los Santana, Nieto o Bahamontes, uno de los pioneros en éxitos deportivos de nuestro país. Su historia nos la narra nuestro colaborador experto en esquí, Eduardo Cid. Disfrutadlo:

Hablar del esquí español significa hablar de los hermanos Fernández-Ochoa, en especial de Francisco.

Nació en Cerdedilla el 25 de febrero de 1950 y nos dejó hace casi 4 años, el 6 de noviembre de 2006 en Madrid, aunque para los amantes de la nieve como yo siempre estará entre nosotros, y no sólo por su mayor éxito, esa gran medalla de oro en Sapporo’72, sino que también le recordaremos por el ejemplo que fue.

Francisco Fernández-Ochoa, Paquito para la eternidad, el hombre que, en más de un siglo de olimpismo, logró la única medalla de oro del esquí español, en las pistas japonesas de Sapporo en 1972.

Cercedilla, en la sierra de Madrid, fue su cuna; los hermanos Arias, sus primeros maestros; picardía y espontaneidad, sus recursos para abrirse camino, y una  familia de ocho hermanos, seis chicos y dos chicas -de los que él era el mayor-, su apoyo emocional permanente.

La saga de los Fernández-Ochoa -su hermana Blanca logró una medalla de bronce en Albertville’92– ha escrito, paso a paso, día a día, la historia del esquí español. Hubo otros hombres y mujeres, pero los hermanos Fernández-Ochoa firmaron la carta de naturaleza de este deporte.

 

Paquito era fiel a sí mismo, por eso, si me permitís, la historia de Francisco Fernández-Ochoa, su historia, no os la voy a contar yo, sino que va a ser él, sí, no os extrañéis. No, no estoy loco, como os he dicho vamos a conocer la historia de Paquito contada por él mismo.

Francisco era tan grande, incluso en esa faceta de los elegidos (al igual que ahora nuestro gran Rafa Nadal, siempre tan sincero y modesto), por la que cuando le preguntaban: “háblanos de aquellos días de Sapporo…”, levantaba los brazos y te decía que eso había que contarlo desde atrás, desde antes. Que para llegar a Sapporo había que pasar más estaciones. Y así comienza la historia de Paquito contada por él:

“Vamos casi treinta años atrás. En el 70, yo progresaba en el esquí, pero era el mayor de ocho hermanos. Mi padre, mi madre, mis abuelos, todos, currando, y yo, esquiando. Muy bonito, pero a la vez muy claro: o aquello servía para algo o lo dejaba. El presidente de la Federación, Ángel Baranda, y Juan Antonio Samaranch y su esposa apoyaron mucho. El presupuesto federativo para toda la alta competición era de entre quince y dieciocho millones. Muy poco. Desde febrero hasta abril, ni un duro. Íbamos a carreras donde comíamos como invitados. Éramos tres: Conchita Puig, Aurelio García y yo. Esperanzas olímpicas, muy pocas. Entonces fue cuando Samaranch y su mujer apostaron por nosotros, por lo menos hasta Sapporo. Pero pusimos dos condiciones indispensables: un entrenador, y disponer de dinero suficiente para poder llegar hasta los Juegos en condiciones, si no iguales, porque era imposible, al menos equiparables a los demás. Estábamos hartos de viajar en los trenes, sentados horas y horas en aquellos bancos de madera, comiendo bocadillos y con la mochila al hombro. Hartos de pasarla canutas durmiendo en las estaciones.


 

Contrataron a Bernard Favre y empezamos un trabajo serio, un plan, de cara a Sapporo. Favre sólo nos impidió hacer descenso. Decía que nos quitaba tiempo y era correr demasiados riesgos. Que lo nuestro era el slalom y que había que prepararlo a conciencia. Algún descenso hicimos a pesar de todo, pero era para mantener nuestro estado anímico, porque era divertido, emocionante y bonito. El slalom era más mecánico, una ñoñez, una gymkana. El descenso era el miura del esquí. Y sigue siéndolo. Aurelio García fue clave en aquellos tiempos. Servía para todo. Era hasta mecánico. Íbamos por toda Europa a correr, con un Seat 1500. Unos días antes de marcharnos a Japón tuvimos un accidente. Nos quedamos medio dormidos y nos saltamos la mediana de la autovía Torino-Milán. ¡Dios mío!, pudimos matarnos y no nos hicimos ni un rasguño. Como si estuviéramos predestinados para Sapporo.


 

Ya digo que Aurelio era un todoterreno. Nunca estaba enfermo, ni cansado, ni le dolía nada. Siempre era el primero en tirarse y se pegaba unas hostias de lujo. Pero él seguía y seguía. Tiraba de nosotros. Para entendernos: él tiraba del carro, y yo, al rebufo, mientras las fuerzas aguantaran.

 

A Sapporo fuimos unos días antes. Nos vieron médicos italianos, franceses y españoles. La respuesta orgánica fue impresionante. Las pruebas de esfuerzo dieron un resultado extraordinario. Estábamos enteritos; la presión era para Conchita Puig, que era la mejor clasificada en puntos FIS, en gigante y slalom. Aurelio y yo íbamos bien, pero a ver qué pasaba. Ella no. Ella iba a ganar.


 

Como no querían tirar el dinero, la delegación a Sapporo éramos el presidente de la Federación, más Anselmo López, los dos entrenadores -Favre y Tissot, que era el de Conchita- y nosotros tres.

 

Conchita llevaba la presión, pero yo ya había ganado cosas. Había hecho primeros y segundos puestos en copas de Europa, estaba en el primer grupo del Mundial, era cuarto en la lista FIS, y me gustaba la marcha del gigante y el descenso, aunque en esas disciplinas esta en el segundo grupo. En Japón me sentí como en el patio de mi casa. Un día viene Favre y me dice: oye Paquito, ¿cuánto tiempo hace que no mojas? Porque, o vas tú, o te llevo yo. Como sigas así, vas a llegar al día de la carrera agotado de tanto… cavilar. Me quedé tieso. Debió pensar que debíamos desahogarnos. Y dicho y hecho. Arreglamos por ahí un apañejo que teníamos, y fantástico.

 

Fueron los mejores Juegos de la historia, era todo natural, espontáneo, joven. No había las medidas de seguridad de ahora, que las Villas parecen campos de concentración. Las chicas vivían en otro edificio, pero sólo había un conserje y entrabamos y salíamos como Pedro por su casa. Era la mundial. En fin, que lo teníamos todo: tiempo, tranquilidad, trabajo, diversión. Todo. ¿Qué nos faltaba? Pues, sencillamente, competir.”

 

No hay quien resista la curiosidad de preguntar a Paquito por esas alegres entradas y salidas del hotel de las chicas. ¿A qué chicas se refiere?

 

Las esquiadoras. Las de siempre. Aquello era feliz, normal. Natural. ¿Y Conchita Puig?: no. Conchita había sido mi novia. En Sapporo ya nos habíamos enfriado mucho. No teníamos tanta relación. Cuando quisimos rectificar era tarde. Fue poco antes de Sapporo.

 

Íbamos bien, muy bien, y todo muy organizado: Favre, Aurelio y yo, por un lado, y Tissot y Conchita, por otro. Conchita no tuvo suerte. Quedo la 29 en descenso y la descalificaron por saltarse una puerta del gigante. A mí también me descalificaron en el gigante, pero yo iba a por el slalom. Y en eso no teníamos nada que envidiar a franceses, italianos, austriacos, a nadie. Llevábamos incluso tan buen material como ellos. Vi que estaba en forma, que si llegaba, iba a quedar bien. Lo vi todo tan fácil, la pista, la nieve. En los entrenamientos ganaba a todos, y pensaba: o éstos están dormidos, o tontos, o yo estoy que me salgo.


 

Llamé a mis padres, amigos, abuelos y les dije que no se preocuparan, que el de Cercedilla iba a liarla. Mi abuela me dijo que estaba poniendo velas y yo le dije que sí, que pusiese velas, que de lo demás ya me encargaba yo. No sentía presión. Lo comente con Aurelio, le dije que no se me iba a escapar.

 

En la primera manga, salí con el dorsal 2, y decidí no apretar a tope, pero dándole aire por si acaso. Hice 55 segundos y 36 centésimas, y metí casi dos segundos a Zwilling, que había salido con el uno, y pensé que, o yo había ido muy deprisa, o él iba muy mal. Y bajaban los Thoeni, Bachleda, Palmer, Penz, Neureuther, y cada vez más tiempo. ¡Coño, pues sí que lo he hecho bien! Ahí es donde empecé a concebir esperanzas de medalla, en serio. Me animaba yo mismo.

 

Como se invertía el orden de salida en la segunda manga, me tocaba salir el último. Vi bajar a todos. Observé dónde estaban los problemas. Cuando me lancé, sabía perfectamente el recorrido. Thoeni marcó 53.59 y pegué un respingo. Penz se cayó en un sitio muy rápido. Me quedó muy claro lo que tenía que hacer. Había amainado el viento. Si todo iba bien, estaba seguro de conseguir la medalla. Luego me enteré de que los jefes -Gich, creo que Samaranch, aunque no estoy muy seguro, y Anselmo López-, que estaban en el aeropuerto para regresar a España, cuando vieron por la tele lo que estaba pasando, pidieron un taxi y volvieron a la estación. Fueron los primeros que me esperaban abajo al llegar a meta. Bajé de cine. Estuve a punto de caerme, pero me rehice. Según avanzaba, me daba cuenta de que era medalla, pero no sabía de qué color. Cuándo llegué, miré el marcador y vi que mi tiempo total era el mejor, sentí algo inmenso, inenarrable, único. Daba saltos, me reía como un enano, daba abrazos a todo el mundo. Más tarde supe que mi tiempo era el segundo en la segunda manga, pero que, en el global, había metido más de un segundo a Thoeni. Pero es que yo llevaba, de verdad, la victoria en la cabeza. Y eso es definitivo.


 

En los mundiales del 74, en Saint Moritz, conseguí bronce, pero bajaba tenso, atascado, sin soltura. Y yo me decía: tranquilo Paco, tranquilo; suelta, desliza, suave, suave, déjalos… Nada, imposible. Quería y no podía. En Sapporo fue al revés, se me hizo corto: ¡lo que es el coco! ¡Ah!, y nada de que al llegar casi me caí. Agaché el culo para meter todo el peso en los talones e impulsar mejor”

Extracto extraído de la autobiografía de Francisco Fernández Ochoa “La vida, un slalom”

 

Y Paquito fue campeón olímpico. Los dirigentes deportivos lloraban emocionados y saltaban como niños. El recibimiento en Barajas fue inenarrable. No se había visto nada igual. Y en Cercedilla, y allá donde iba. El diario francés L’equipe tituló a todo plana: “Fernandez: l’estocade”. Y eso fue, una estocada hasta la bola de un muchacho de veintiún años que acudió a Sapporo con buenas credenciales, pero distendido, risueño y sin tener que justificarse ante nadie. El esquí en España no era apenas nada. Con Paquito fue el estallido.

 

Pero él tiene algo que no tiene nadie en el deporte español: una medalla de oro en esquí alpino. Y eso le hace único, diferente y extraordinario.

 

Fue un día gélido, en una estación con vistas al mar de Japón, en Sapporo, hace casi 39 años. Un mozo de Cercedilla dio a todos la estocada.

 

Espero que hayáis disfrutado, como yo al re-escribir estas memorias, de los días más gloriosos del esquí español, las olimpiadas de Sapporo’72 contadas por su protagonista, por la persona que hizo posible estos momentos y que deseó compartirlo con todos nosotros, Francisco Fernandez-Ochoa.

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