Nos ha faltado humildad


El gol enmudeció al estadio. La eliminatoria acababa de quedar sentenciada para el equipo visitante. A él le dolió aquel tanto más que a ninguno de sus compañeros. La rabia y la tristeza se apoderaron de él. ¡Habían tenido el pase a la final tan cerca!  No podía creer que todo hubiera terminado. No quería aceptar la derrota. No pudo evitar que sus ojos quedaran bañados en lágrimas. Él también tenía sentimientos y amor propio, como cualquier ser humano.

-¡No es justo!- pensó-. Hemos sido mejores en los dos partidos, hemos generado más ocasiones, hemos jugado nuestro fútbol habitual. Todo para nada. No nos merecemos este castigo tan duro. Tampoco se lo merece nuestra afición.

Se apartó del lugar donde se encontraba el resto del equipo. Quería digerir el mal trago en soledad. Sabía que las cámaras  estarían mostrando su pesar a millones de personas en aquellos precisos instantes. Le dio igual.  Fue entonces cuando recordó que las cosas podían haber sido distintas si hubiera convertido aquel penalti. Deseó gritar para poder expulsar toda la rabia que albergaba en su interior. Decidió no hacerlo. Había que guardar la compostura y sacar fuerzas de flaqueza para superar aquello. Por eso, comenzó a caminar hacia el túnel de vestuarios del Camp Nou con la cabeza bien alta.

Mientras se acercaba al lugar, pensó en los muchos títulos que había conseguido con el club. En Barcelona habían apostado por él desde el principio. Estaba encantado con sus compañeros, con el entrenador, con la directiva y con la afición. Aquel era sin duda el equipo de su vida y nunca dejaría de serlo. Esa era la razón por la cual le dolía tanto aquel empate con significado de derrota, aquel maldito penalti que pegó en el travesaño de la portería del Chelsea. Sintió que había fallado a todos.Esa Champions pudo haber sido nuestra una vez más y yo he desperdiciado la oportunidad de dar un paso más hacia ella, se decía a sí mismo reprimiendo las nuevas lágrimas que estaban a punto de rozar su rostro.

Al fin llegó al vestuario. Sus compañeros estaban sentados en los bancos de la sala, con la cabeza gacha y maldiciendo entre dientes. El entrenador también se encontraba allí. Su semblante no era precisamente alegre, pero él siempre se mantenía impasible ante los problemas (o al menos disimulaba muy bien su sufrimiento). El ambiente no podía estar más impregnado de tristeza. Al verle, el entrenador se acercó a él y le dio una palmadita en la espalda.

-Míster, ¿qué nos ha pasado esta noche?-  le preguntó.

-Leo, lo que ha pasado es que nos ha faltado humildad. Todos nos veían en la final antes de jugar esta eliminatoria y nosotros hemos acabado contagiándonos un poco de todas esas predicciones. Hemos confiado demasiado en nosotros mismos cuando el deporte a veces no premia a quienes más lo merecen. No somos infalibles, ni nosotros ni ningún equipo.  Tampoco hemos estado muy finos de cara a portería en estos últimos partidos, todo hay que decirlo.

El entrenador hizo una breve pausa en su parlamento, como si quisiera cerciorarse de que las palabras que iba a decir a continuación eran lo suficientemente precisas y adecuadas. Después siguió.

-Olvídate de lo del penalti cuanto antes. Dirán que no has estado a la altura, que no estás en tu mejor momento, que no has aparecido cuando se te necesitaba. Algunos incluso te echarán la culpa de la eliminación. No les hagas caso. Todos tenemos malos días, yo el primero. A pesar de todo,  tú y tus compañeros debéis estar orgullosos del partido que habéis jugado esta noche. Habéis peleado hasta el final y para mí ésa es la mayor de las satisfacciones, os lo digo siempre.

Las palabras de su técnico le reconfortaron. Era cierto que el equipo había hecho todo lo posible por clasificarse para la final y que él y sus compañeros no siempre iban a salir airosos de todas las situaciones con las que se encontraran, aunque hubieran jugado mejor que el contrario. A pesar de que le costaría unos días olvidar la eliminación, se dijo para sus adentros que la temporada seguía adelante y que él no podía seguir lamentándose por algo que ya formaba parte del pasado.

-Los buenos tiempos volverán, seguro.

Aquel pensamiento le hizo esbozar una fugaz y pilla sonrisa.

……………………………………………………………………………………..

Allí estaba él. Solo ante el peligro. De él dependía que el equipo siguiera vivo en la lotería de los penaltis. Sentía un gran peso sobre sus hombros: el peso de la responsabilidad. Había mejorado mucho en las paradas desde los 11 metros. Pocos minutos atrás había detenido dos lanzamientos del Bayern. ¿Por qué no iba a detener un tercer disparo? ¿Por qué no iba a clasificar al Real Madrid para su primera final de Champions League en 10 años?

Ya tenía delante al lanzador, Schweinsteiger. Se colocó en posición. Miró a su oponente con semblante despreocupado mientras éste acomodaba el punto fatídico a su gusto. A lo lejos divisó a sus compañeros. Allí estaban todos, abrazados, con los nervios a flor de piel. También logró alcanzar con la mirada el área técnica. El míster se encontraba tendido de rodillas en el césped, como si rezara para que volviera a darse una nueva parada, un nuevo milagro. Escuchó los cánticos de la grada del Bernabéu, que había coreado su nombre poco atrás. Santificaban su nombre. Decidió que iría a por todas. La ocasión lo merecía. Hay que arriesgar para ganar, pensó.

El árbitro pitó. Entonces, el tiempo se detuvo para él. Vio cómo el jugador alemán se acercaba al balón a cámara lenta. Los segundos le parecieron eternos. Comenzó la estirada casi en el momento preciso en que el balón fue golpeado. El disparo se dirigió al centro de la portería. Mientras él se estiraba hacia la derecha para intentar detener el lanzamiento, vio de reojo cómo el balón pasaba por encima de su posición y se colaba en la red sin remedio. Gol.

El tiempo volvió a su velocidad normal. Mientras Schweinsteiger se alejaba del área para celebrar el triunfo con el resto de jugadores del Bayern, él se incorporó rápidamente. Comenzó a caminar cabizbajo hacia el túnel de vestuarios. Otra vez caían en semifinales. Otra vez se quedaban a las puertas de la final europea a la que tanto ansiaban regresar. Su voz interior estaba completamente desatada.

-¡Nos merecemos perder! Desde que nos han metido el gol en la segunda parte no hemos levantado cabeza. En la prórroga no hemos jugado a nada y los penaltis han sido un desastre absoluto. Pero lo hemos tenido tan cerca, tan cerca …..

Un periodista reclamó su atención y comenzó a hacerle preguntas sobre el partido. Él atendió a todas ellas. Las respuestas salían solas, no tuvo que hacer ningún esfuerzo para pensarlas. Ya estaba acostumbrado a las declaraciones post derrota. Se sorprendió de la serenidad que transmitía su tono. La procesión iba por dentro.

Una vez terminada la entrevista, siguió su camino. La grada seguía aclamando al equipo como si nada hubiera sucedido. Se detuvo un momento y aplaudió a los aficionados. Les habían apoyado hasta el final y merecían un justo reconocimiento. Tras despedirse de la hinchada, entró por fin en las entrañas del estadio. No paraba de darle vueltas a la cabeza a todo lo que había sucedido.

-¡Joder, lo teníamos hecho a pesar de todo! Igual nos ha faltado humildad. Todos estábamos pensando ya en la final y eso nos ha podido jugar una mala pasada. También creíamos que el Barça iba a estar en Múnich y le ha pasado lo mismo que a nosotros. No nos hemos centrado en el presente, ése ha sido nuestro gran error. Además hemos llegado cansadísimos a la prórroga. Algunos ya no podían más. Si queríamos ir a la final, teníamos que haber cerrado el partido antes.

Mientras hacía éstas y otras muchas valoraciones, llegó al vestuario. Allí le esperaba el resto de la plantilla. El entrenador estaba intentando animar a sus huestes.

-Habéis hecho lo que habéis podido. Sé que queríais jugar esa final. Yo también quería prepararos para ella. No ha podido ser. Es lógico que estéis tristes. Hemos perdido de forma cruel, pero ya sabéis lo que son los penaltis. Ahora tenéis que levantaros y pensar en el gran trabajo que habéis hecho para llegar hasta aquí. La temporada no ha acabado aún, chicos. Todavía hay una liga que ganar. No vamos a rendirnos, ¿de acuerdo? 

Cuando el técnico se marchó a la sala de prensa, él añadió:

-Chicos, ya habéis oído al míster. No hay que pensar más en lo de hoy. Hay que ir a por la liga. Es la única competición que nos queda. Olvidaos de los penaltis, de los fallos, de los goles que podían haber sido, de todo. Hoy puede que hayamos perdido porque nos ha faltado humildad. Hemos visto la final tan cerca que hemos olvidado contra quién estábamos jugando. No podemos permitirnos ese lujo. Sé que ahora todos estamos mal por lo que ha pasado, pero vamos a recuperarnos. ¡Hala Madrid!

El capitán se dirigió hacia su taquilla. Mientras se cambiaba, escuchó conversar a dos de sus compañeros:

-Tío, cómo me habría gustado que nosotros y el Barça hubiéramos jugado por la Champions. Todo el mundo quería esa final.

-Pienso igual que tú. Hubiera sido la leche. ¿Te imaginas? Podíamos haber sido campeones de Europa delante de las narices de los del Barça. Me entran escalofríos solo de pensarlo.

Iker se dijo con resignación para sus adentros:

-Es mejor que todo haya acabado así. Mejor para nosotros y mejor para el fútbol español. No vamos a luchar por los títulos siempre. Tampoco vamos a ganar siempre. No hay que malacostumbrar al personal. Eso no significa que no peleemos por la Champions el año que viene. Volveremos, estoy seguro.

Y el capitán del Real Madrid esbozó la misma sonrisa fugaz y pilla que Leo Messi había esbozado 24 horas antes en el vestuario local del Camp Nou.


AGRADECIMIENTOS: Gracias a José Manuel Puertas, periodista de Es Radio. Un tuit suyo fue mi inspiración para escribir estos microrelatos.

FOTOS: Mundo Deportivo y Vertele.

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