De cómo el conformismo se convirtió en triunfalismo un verano japonés


Hemos cumplido el objetivo. Llegamos a semifinales y hemos logrado la clasificación para el Mundial

Septiembre de 2005. La selección española de baloncesto cae derrotada ante Alemania en el Eurobasket de Serbia por 73-74. Un triple de Dirk Nowitzki en las postrimerías del encuentro ha sacado a la luz un desencanto que no puede esconderse más. La derrota por 30 puntos ante Francia en el partido por el bronce (68-98) acaba por colmar el despropósito. Han pasado ya cuatro años desde la llegada de la plana mayor de los júniors de oro a la absoluta. Dos medallas continentales (bronce en Turquía 2001 y plata en Suecia 2003) parecen poco premio para un equipo cuyos resultados finales en el Mundial de Indianápolis 2002 y en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 dejaron un regusto amargo. La gloria estuvo más cerca de lo que pareció, pero la frustración fue menos patente que en un Europeo que tenía que ser el de la explosión y acabó siéndolo…para mal.
 
El billete para la cita mundialista de Japón que tanto valoraba el seleccionador Mario Pesquera se quedó más que corto para un grupo que se había curtido en madurez y curado de espanto en los años anteriores. Faltó Pau Gasol, pero también algo mucho más importante: la vida más allá del baloncesto. La rigidez extrema de Pesquera en métodos y régimen de concentración fue inadmisible para unos jugadores que querían su espacio y no pudieron tenerlo. España caminó entre zozobras por un torneo continental en el que las semifinales fueron demasiado premio vistas las penurias sufridas ante Croacia, Israel y Letonia. Aún no se sabía ganar, ni por parte técnica ni por parte de los jugadores, pero todo empezaría a cambiar muy pronto.
 
Poco después de empezar 2006, se anunció un cambio de rumbo en el banquillo de España. José Vicente ‘Pepu’ Hernández, que tantas alegrías había dado al Estudiantes, asumía el cargo de seleccionador nacional. Era imposible que un entrenador salido de un patio de colegio tal como el Ramiro de Maeztu no supiese cuál era la clave para triunfar en la vida y en el baloncesto: disfrutar con lo que se hace.
 
Pepu tuvo muy claro desde un primer momento que el foco era para sus jugadores y que su mérito debía ser trabajar para lograr el prestigio colectivo. No obstante, la gloria sólo podía llegar a base de “confianza y respeto”. El técnico se ganó ambas cosas desde el día uno gracias a su excepcional dominio de los tiempos. Cuando tocaba baloncesto, tocaba baloncesto. Cuando tocaba descanso, tocaba descanso, con sus límites pero nunca con inflexibilidad. La virtud está en el término medio y con Pepu la selección no fue ni un ‘Sálvese quien pueda’ ni tampoco un ‘Viva la Pepa’.
 
A pesar del mazazo del año anterior, el compromiso, como siempre, se daba por supuesto. Habían llegado los primeros éxitos, sí, pero a su vez existía una cierta frustración en un grupo que ya no quería esperar más para ganar. Sin embargo y como siempre pasaba, los remordimientos quedaron olvidados por completo cuando se pasó revista por primera vez en San Fernando. Allí estaban todos.
 
La estrella de la NBA (Pau Gasol), su mejor amigo y líder indomable del FC Barcelona (Juan Carlos Navarro), el base que daba sus primeros pasos en USA tras enamorar en Europa (José Manuel Calderón), los embajadores del coraje y del trabajo sucio más vistoso (Felipe Reyes y Carlos Jiménez), la columna vertebral del Unicaja campeón de liga (Jorge Garbajosa, Berni Rodríguez y Carlos Cabezas), el animador del vestuario que se iba a la guerra en la cancha (Álex Mumbrú) y el futuro más ilusionante (Rudy Fernández, Sergio Rodríguez y Fran Vázquez). De repente, un cambio de última hora. Una espalda que dijo basta (o al menos ésa fue la excusa oficial), unas vacaciones que se acortaron repentinamente y una carrera que cambió de signo para siempre. Marc “el hermano de” Gasol se incorporó a la selección en sustitución de Fran Vázquez sin saber que la pesada e irritante etiqueta que arrastraba iba a abandonarle muy pronto.
 
La preparación fue impoluta. Nueve triunfos de nueve posibles con una salvedad respecto a otros veranos: varios amistosos se jugaron lejos del calor español. Pepu sabía que así ganaría tiempo para los desafíos venideros y allá que se fue a Singapur con sus pupilos para empezar a hacerse al continente asiático. Poco exigentes fueron los dos primeros triunfos en Japón, más dudoso el conseguido ante Nueva Zelanda (86-70) y más contundente el logrado ante Panamá (101-57). Para el recuerdo la haka de los ‘All Blacks’, la oronda figura del panameño Cárdenas y sobre todo un dato inapelable: a la conclusión de la primera mitad del debut mundialista, todo el combinado español había disfrutado de minutos en cancha salvo Felipe Reyes, ausente por lesión. Un equipo, una piña y por encima de todo una familia.
 
En el tercer partido en la trágica Hiroshima esperaba un viejo conocido: Alemania. Los germanos habían sido verdugos hispanos en 2002 y 2005, pero en esta ocasión los papeles cambiaron. España ejecutó a las huestes de Nowitzki (92-71) y presentó, si es que no lo había hecho ya, su candidatura al título mundial. Los temores de aquellos funestos (para el baloncesto español) Juegos Olímpicos de Barcelona harían acto de presencia en el siguiente encuentro. Angola amenazó con repetir campanada hasta que Gasol y Navarro, heridos de orgullo por el angolazo en su mocedad del 92, se enfundaron el mono de trabajo y acabaron con las aspiraciones africanas (93-83). Japón fue un sparring que sirvió para recuperar a Reyes (104-55) antes de los trascendentales cruces.
 
La desdibujada Serbia, encerrada en un callejón sin salida y con Igor Rakocevic como estandarte, apenas opuso resistencia en octavos de final (87-75). Las múltiples ausencias del plantel balcánico no fueron la principal causa de su derrota. Aunque los serbios hubiesen vestido sus mejores galas, España contaba con un punto a su favor muy difícil de superar: la cohesión de sus jugadores. Jorge Garbajosa lo había anunciado años atrás con atisbos de predicción: “Serbia tiene a Stojakovic y nosotros a Gasol. Ellos pierden los partidos y nosotros no, porque actuamos como equipo”. También estaba plagada de bajas Lituania, protagonista de la segunda venganza perpetrada por España en Japón (89-67). Aquellos cuartos de final solventados fueron la redención del oro continental que no pudo ser en Suecia 2003 y que aún tardaría lo suyo en llegar.
 
Cali ’82 tenía sucesor tantos años después. Quién le iba a decir a Pepu Hernández que entrenaría a los sucesores de los Epi, Solozábal, Iturriaga y Fernando Martín aquella tarde de verano en Llanes (Asturias). Entonces sufrió por la radio la derrota ante Yugoslavia (117-119) en el partido por el bronce. Ahora le tocaría padecer una victoria igual o más sufrida en el que sin duda fue EL PARTIDO de aquel Mundial japonés. Por intensidad, por pasión y por emotividad.
 
Sí, Don Quijote estuvo a punto de sucumbir ante los molinos de viento. El vengador pudo ser vengado por una selección, Argentina, con características y unión muy similares a las suyas. Dos generaciones doradas, la que ya lo era y la que lo sería, frente a frente. Reminiscencias del Mundial júnior de Lisboa, que también enfrentó a ambos equipos en la antesala de la final. Por primera vez en todo el torneo, España tuvo que nadar contracorriente. El adversario sabía todas las tretas para hacerle la vida imposible y parecía tenerlo todo controlado aun perdiendo su ventaja en el marcador. El culpable fue el descaro de un Sergio Rodríguez cuya ilusión llevó en volandas a España. Sin embargo, nada estaba hecho en los minutos finales. Las diferencias eran exiguas, casi inexistentes. Entonces llegó el suceso que pudo haber significado el final del trayecto español.
 
Pau Gasol, santo y seña de la selección en el campeonato, cayó lesionado a casi minuto y medio del final. Un choque con Fabricio Oberto y sus posteriores gestos de dolor sembraron un caos silencioso, pero existente. No podía ni quería irse así de un Mundial que había dominado, como demostraron sus tiros libres a la pata coja, completamente roto. Aunque sus lanzamientos besaron la red, tuvo que abandonar la cancha. El augurio no podía ser peor ni por trascendencia ni por el momento en el que tuvo lugar, pero se intentó mantener la sangre fría como se pudo.
 
La que nunca perdieron unos argentinos que dejaron los seis puntos de ventaja de España en un empate en visto y no visto. La que tuvo José Manuel Calderón para anotar el punto definitivo tras haber fallado el penúltimo tiro libre del partido (75-74). La que llevó a Andrés Nocioni a intentar un triple decisivo para bien o para mal ante la corajuda defensa española. La que Rudy Fernández esgrimió cuando capturó el rebote del tiro que dejó con el corazón en un puño a todo un país y salió corriendo hacia media cancha. Como en Portugal, la bocina dictó sentencia y un punto separó a los contendientes. Daba igual. Ya era un hecho: España estaría por primera vez en la final de un Mundial de baloncesto. Jugaría sin Pau Gasol, pero en parte también sin Pepu Hernández.

 
En la madrugada del 3 de septiembre de 2006, un anuncio terrible hizo añicos el corazón del seleccionador. Al sufrimiento por la frenética semifinal y por una fascitis plantar que tanto él como el resto del vestuario hicieron suya, se unió algo mucho peor: la muerte de su padre en la víspera de la mayor alegría de su vida. Sólo el resto del cuerpo técnico y el capitán Carlos Jiménez supieron de un golpe duro, pero ocultado al mundo. A Pepu le acompañó en todo momento su serenidad habitual. Ni él ni sus hombres, también dolidos por otra pérdida, la de Pau, capitularon antes de tiempo.
 
Grecia, otra selección de infausto recuerdo para España y autora de la única derrota de los júniors de oro en Lisboa ’99, quería perpetrar otra tragedia tras acabar con Estados Unidos en semifinales. Ni tuvo la oportunidad de planteárselo. España y su voracidad ganadora devoraron a los helenos desde el minuto uno de partido con ataque y defensa conjuntados en idílica armonía. Marc Gasol confirmó un potencial que hasta el Mundial parecía escondido peleando de tú a tú con el gigante Schortsianitis y ganándole la partida. Jorge Garbajosa y Juan Carlos Navarro, algo intermitentes en las rondas eliminatorias, reverdecieron viejos laureles. Los suplentes aportaron tanto como en los mejores días y los sinceros ánimos de Pau Gasol se hicieron notar de tal manera que incluso se puede decir que él también jugó. El sueño, prácticamente consumado tras los dos primeros cuartos, se hizo realidad poco después. España era campeona del mundo (70-47) tras un torneo en el que todo lo que pudo salir a la perfección salió a la perfección.

 
Antes que compañeros de vestuario, amigos y hermanos. La ficticia partida de pocha disputada por los doce jugadores españoles en el centro de la cancha del Saitama Arena nada más acabar la final fue una nota aclaratoria: aquel equipo era un ejemplo tanto dentro como fuera de su ámbito, tanto en la pista como en los banquillos. Lo deportivo tuvo su adecuada correspondencia con lo humano y nada ni nadie rompió aquella perfecta unidad. Puede que nunca haya habido ni vaya a haber una comunión tan excelsa en los deportes de equipo de nuestro país como la demostrada ese verano por la selección de baloncesto.
 
Todo un país agradeció la gesta a los buscadores de oro que culminaron en Japón lo que muchos de ellos iniciaron en Portugal. Lo que nadie sabía, aunque quizá los protagonistas de esta historia sí lo intuyesen, es que la epopeya no había hecho más que comenzar. Y, como descubrió Pepu una mañana de principios de 2007 en uno de sus amados crucigramas, él y sus chicos pasaron a estar en todos los sitios.
 

Escuchad una palabra que para mí y a partir de ahora para todos va a ser muy importante: BA-LON-CES-TO”.

Foto cedida por la FEB

Foto cedida por la FEB

 

Este artículo forma parte de la guía BASKETME de la Copa del Mundo de España 2014

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