El último año de Titín


Las manos como inseparables y sufridoras compañeras de batalla; la cancha y el ruido seco de la pelota al rebotar contra la pared como hábitat natural. Un público siempre entregado a su causa y una tradición familiar venerada hasta el último partido. Augusto Ibáñez Sacristán (Tricio, La Rioja, 1969) dejó de aportar su experiencia y sabiduría a la evangelización de la pelota el pasado 5 de octubre. Quizá su nombre suene desconocido a algunos, pero seguro que no lo hará tanto el apelativo con el que el caracolero se convirtió en Mesías de los frontones: Titín III.

Hijo, hermano y sobrino de una notable estirpe de pelotaris, Augusto creció entre las cuatro paredes del frontón Moderno de su Tricio natal. Allí aprendió los entresijos de un deporte que se convertiría en una auténtica religión para él, como ya lo era para todo su pueblo. La afición y las maneras le acompañaron desde los cinco-seis años; los triunfos desde los diez. No era un mal jugador en aficionados, pero entonces todavía no destacaba tanto como lo haría años después. La sensación de estar a punto de vivir algo irrepetible cuando Titín saltaba a la cancha aún estaba germinando.

Su mejor recuerdo dentro de la pelota es el primero que compartió junto a los profesionales: el debut (13 de septiembre de 1992). El capricho de su memoria no sorprende cuando se es conocedor de los momentos de incertidumbre que pasó Augusto hasta que decidió ganarse la vida como pelotari. Al no haber tenido suerte con los estudios, arriesgaba su contrato fijo como trabajador de una gasolinera por el afán de querer cumplir su sueño. Finalmente la ilusión venció a las dudas y el tiempo le dio la razón a Titín. Lograría el subcampeonato del Parejas ya en su primer curso en la élite y el título de esta modalidad durante su segunda temporada junto a Arretxe. Había nacido una estrella.

El aterrizaje del riojano en los frontones vino acompañado de un aire fresco que cambiaría para siempre el mundo de la pelota. Su estilo desenfadado, luchador hasta el extremo y muchas veces arriesgado caló hondo entre los aficionados. Los momentáneos vuelos laterales con los que Titín III remataba la bola cual portero de fútbol marcaron época. Nunca se había visto nada igual, ni en la cancha ni en los frontones, a rebosar para seguir al nuevo ídolo de masas ‘pelotazale’. El seguimiento mediático de la pelota mejoró, el físico de sus practicantes aumentó, las apuestas se desbordaron y los contratos de las dos empresas profesionales (Aspe y Asegarce) engordaron sus cifras. Incluso el tradicional color blanco con el que vestían los pelotaris desapareció para siempre. El ‘Aúpa Titín’ fue el mejor acicate posible para un deporte que ha vivido una auténtica etapa de esplendor gracias al de Tricio.

Titin_iii

No contento con sus esperanzadores primeros compases, Augusto se quedó a las puertas de su primer triunfo en el prestigioso torneo del Cuatro y Medio en 1997. Delante estuvo su más directo antecesor en el Olimpo pelotazale, Retegi II. El navarro tuvo que sufrir lo indecible para hacer prevalecer su condición de maestro ante el alumno más aventajado de la clase. A Titín, como a todos, le costaría olvidar la que posiblemente sea la final más memorable de la historia de “la jaula”. Entre Parejas y Parejas (2000 y 2004 junto a Lasa III y Goñi III respectivamente), el riojano sufrió una amarga derrota ante Nagore en la final de 2003. La ocasión para resarcirse llegaría cuatro años después acompañada, paradójicamente, de la mayor de las tristezas para el delantero.

Un infarto acabó inesperadamente con la vida del patriarca de los Ibáñez Sacristán una semana antes de que su hijo disputase su tercera y última final del Cuatro y Medio. Augusto lograría olvidar por unos momentos la ausencia de su padre para derrotar a Abel Barriola (22-15) y hacer por fin justicia inscribiendo su nombre en el palmarés del título más prestigioso de los disputados entre frontones. Llegarían otro subcampeonato más en el Parejas 2008 y un cuarto triunfo en 2012 acompañado por el también riojano Merino II, pero nada cambió. El asalto al Ogueta de Vitoria en 2007 fue, es y será la mayor gesta de Titín III tanto en lo deportivo como en lo personal.

22 años y más de 1.500 partidos después, Titín III dejará aparcados el rojo y el azul que le han acompañado durante su trayectoria profesional. Aun contando con el reconocimiento de los frontones más prestigiosos de nuestro país, el caracolero no quiere autodenominarse mejor pelotari de la historia. Muchos le han calificado así, pero él tan solo quiere seguir siendo aquél chaval de Tricio cuya principal meta era disfrutar golpeando una pelota contra la pared del Moderno. Sencillo y cercano, como no podía de ser otra forma portando el hábito que acabó haciéndole monje en los santuarios ‘pelotazale’. El show debe continuar.

Este artículo fue publicado en el número 10 de la revista MARCA Plus

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