El don de la oportunidad


Hay personas que tienen la especial habilidad de estar siempre en el lugar adecuado en el momento oportuno. Nada ni nadie les achanta, ningún reto les viene pequeño o grande. Su confianza es inquebrantable y son un remanso de paz, de sangre fría, en las situaciones más peliagudas. Sergio Llull (Mahón, Menorca, 1987) cumple todos estos requisitos a través de un liderazgo quizá más silencioso que el de otros, pero igualmente patente.

El baloncesto eligió para su selecta grupeta a este auténtico Correcaminos de las canchas incluso antes de que tuviese uso de razón. Su padre, Paco, fue el mejor precursor posible. Alero y tirador en otro tiempo, a buen seguro que la genética echó una mano a la hora de inculcar cualidades y amor por el deporte de la canasta similares en su retoño Sergio. Algo ayudaría también el CB La Salle Mahón, el club donde el joven Llull se formó y del que su progenitor fue presidente. Allí tuvo lugar el primer gran encontronazo de Sergio con sus talentos baloncestísticos. 71 puntos en un partido disputado como cadete supusieron la primera advertencia: aquel chico tenía olfato de depredador. Aquel chico tenía el don de la oportunidad. La que le llevó a ganar el oro en el Europeo sub18 de 2004 y la plata en el Europeo sub20 de 2007. La que le convirtió en el base titular indiscutible de aquel combinado junior en un santiamén. La que le posibilitó ser, a sus 18 años, una de las cartas con las que Manresa se jugó la permanencia en ACB en la primavera de 2006.

Llull no tardó en refrendar su mayoría de edad en las canchas. Sus tres primeros partidos con el conjunto manresano se saldaron con tres victorias y una inclusión en el Top 10 de las mejores jugadas de la competición en su debut en el Nou Congost. Sergi, como se le conocía por aquellos lares, le había puesto un tapón a la precocidad. Sin embargo, el primer coqueteo del menorquín con la élite acabó virando hacia un final triste. Manresa acabó el curso descendiendo a LEB, donde la joven promesa del equipo esperó su momento sin perder ni un ápice de trabajo y de progresión. La oportunidad volvió a llamar a la puerta un 10 de mayo de 2007. Quien la golpeaba, por fortuna y por sorpresa, era el Real Madrid. Esta vez tocaba jugar por un objetivo mayor: el título de Rey del baloncesto español. Aquél que acabaría consiguiéndose un mes después ante el eterno rival, el FC Barcelona. Una vez más, Sergio estaba allí.

Sus minutos en el conjunto blanco fueron aumentando sin pausa pero sin prisa, acompañados de un dorsal tan mágico como el 23. Sergio rendía tanto de base como de escolta y su descaro estuvo a punto de convertirle en el Jugador Revelación de la ACB en su segunda temporada completa en el Madrid. Ese verano de 2009 le esperaba un premio mucho mayor: el debut con la selección española absoluta. La confianza en sus posibilidades por parte de otro Sergio, el seleccionador Scariolo, fue tal que Llull tuvo en sus manos el destino de un encuentro capital contra Turquía en la segunda fase del Eurobasket. Entonces el debutante pagó la novatada fallando la bandeja de la victoria, pero no fue así en la final en la que España arrebataría el oro continental a Serbia. Mahón volvía a estar representada en otro hito y su hijo pródigo exigía galones para sí.

Sergio_Llull_pumped


Empezó a tenerlos cada vez más en un Madrid sumido en la zozobra. A pesar del oscurantismo en el que se vio sumido el banquillo de la capital durante la era Messina y la regencia de Molin, Llull empezó a ser el líder que reclamaba el madridismo. Él fue una de las caras visibles del equipo en 2011, cuando el conjunto blanco disputó su primera Final Four europea en quince años. La inexperiencia fuese una losa imposible de solventar en aquella cita, pero ahí quedó la inclusión de Sergio en el segundo mejor quinteto de la Euroliga. Su temporada quedó cerrada de forma magistral con el segundo Eurobasket consecutivo junto a España.

Las tornas empezaron a cambiar a nivel de clubes gracias a la madurez de los jóvenes talentos madridistas. La hegemonía del Barça de Xavi Pascual empezó a decaer ante el empuje de un técnico novel en banquillos grandes como Pablo Laso y la Copa del Rey regresó a las vitrinas blancas. El MVP de la final fue para el Sergio menorquín de forma indiscutible tras 23 decisivos puntos (5/7 en triples). La satisfacción fue doble al asaltar el Palau Sant Jordi, feudo rival. Sin embargo, la consecución de la liga aún tendría que esperar. No así la consagración de un Llull desatado como mejor base de la competición española.

Tras un nuevo éxito de la mano de la selección española gracias a la plata olímpica de 2012, Llull siguió cosechando logros y elogios de la mano del Real Madrid. Supercopa y Liga no tardaron en caer, pero el Viejo Continente se resistía. La Europa a la que Sergio había avasallado junto a sus compañeros de la selección parecía un coto inalcanzable vestido de blanco. Ni Olympiakos ni Maccabi le dieron ese placer en las dos finales continentales consecutivas de 2013 y 2014. Regusto amargo para un equipo, el suyo, que durante esos dos años practicó a todas luces uno de los mejores baloncestos que se recuerdan a este lado del planeta. Se trataba del Madrid de los Sergios, Rodríguez y Llull, porque el 2014 también fue el año del jugador menorquín.

Sergio_Llull_and_Juan_Carlos_Navarro_excited

Todo por un clímax. El que tuvo lugar en la final copera de la pasada temporada. El Clásico, por enésima ocasión, se veía abocado a una resolución in extremis. El Barça era el virtual ganador a falta de ocho segundos para la conclusión, pero Llull aún no había dicho la última palabra. Su tocayo Rodríguez subió la bola a toda velocidad para intentar revertir la situación mientras él se colocaba en el lugar adecuado. Apresado por los brazos de la defensa azulgrana, Sergio se desprendió del balón para dárselo al otro Sergio, que esperaba solitario desde la esquina. Era el momento oportuno. La décima de segundo que admiraron el resto de mortales se convirtió en un bucle infinito para el de Mahón. La recreación en SU jugada, SU triple, aquella tan magistralmente ejecutada, aquél tan soberbiamente lanzado, bien valía una victoria. Sergio lo había vuelto a hacer. Su coraje, su carisma y sobre todo su oportunidad habían vuelto a imponerse al tiempo. En esta ocasión, de una vez por todas.

Pasarán los años y las temporadas. Mejorará o empeorará su rendimiento. Permanecerá fiel a los colores del Madrid o cambiará de equipo. No obstante, Sergio Llull siempre será, cual Ignacio Solozábal del siglo XXI, el héroe de la Copa 2014. Para bien o para mal, el jugador balear es talismán de la victoria. Aquella que le sonrió más que nunca un domingo cualquiera. Sí, los fantasmas quedaron bien enterrados en la ciudad polaca de Lodz.

Este artículo fue publicado en el número 15 de la revista MARCA Plus

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