El hombre de Vitruvio del baloncesto español


Quién le iba a decir a Juan Carlos Navarro un 23 de noviembre de 1997 que ya tenía álter ego baloncestístico nada más debutar con el primer equipo del Fútbol Club Barcelona. Entonces ni él ni nadie lo sabía, pero en las Islas Baleares empezaba a gestarse la leyenda de un hombre que revolucionaría para siempre la posición de alero en el baloncesto español y europeo. Por aquel entonces solo contaba con doce años, pero Rodolfo Fernández Farrés (Palma de Mallorca, 1985) ya tenía muy claro qué quería ser de mayor: deportista.

Los amoríos deportivos de Rudy no pudieron ser más precoces. Su primer hobby fue montar a caballo en la finca de unos amigos cuando únicamente contaba con 3-4 años. Poco después, la cosa se puso más seria, ya con parquet y balones de por medio. Sin embargo, lo que Rudy tuvo delante en sus primeros pasos como deportista no fueron aros, sino porterías. El joven mallorquín se inició en el fútbol sala y, al no irle mal, decidió probar suerte en un territorio mayor: los campos de tierra e incluso de hierba.

Parecía que el deporte rey había encontrado a un delantero portentoso para su causa. El pequeño de la familia Fernández marcaba goles a centenares con tan solo siete años e incluso llegó a despertar el interés del mismísimo Real Club Deportivo Mallorca. Sin embargo, otro deporte había comenzado a ocupar los pensamientos de Rudy con mayor intensidad que el fútbol: el baloncesto. Aquella disciplina que ya habían practicado con éxito Rodolfo y Maite, sus padres, y en la que comenzaba a curtirse Marta, su hermana. A partir de entonces, Rudy pensaría en pelotas de color naranja 24 horas y siete días a la semana.

No tendría que desplazarse muy lejos para dar rienda suelta a su nueva afición. El San José Obrero, equipo que ya le había acogido en su etapa como futbolista, sería el escenario de los pinitos de Rudy Fernández en el deporte de la canasta. Lo hizo tan bien que un día llegó la tan esperada llamada de un equipo de primer nivel: el Joventut de Badalona, el mismo club donde sus padres habían jugado a nivel profesional en el pasado. Tocaba dejar en Mallorca a la familia y a los amigos para cumplir su sueño. Era una decisión difícil, pero Rudy la tomó con seguridad. Tenía claro que las cosas iban a irle bien.

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El físico privilegiado del jugador balear fue desarrollándose a medida que iba quemando etapas en la cantera verdinegra, al igual que su altura. Rudy era un talento en ciernes que tampoco pasó desapercibido para la Federación Española de Baloncesto, que no tardó en reclutarle para las categorías inferiores de la selección. Con el combinado nacional consiguió el bronce en el Europeo sub16 de Riga en 2001 junto a otros notables jugadores como Marc Gasol, Saúl Blanco o Rodrigo San Miguel. Un año después llegaría la medalla de plata en el prestigioso Torneo de Mannheim.

La posición natural de Fernández era la de alero, pero tampoco se desenvolvía mal como escolta. Su versatilidad y progresión no pasaron desapercibidas para un viejo zorro de los banquillos españoles como Manel Comas. ‘El Sheriff’ hizo debutar a Rudy en ACB un 7 de abril de 2002 ante el Real Madrid con 17 años recién cumplidos. Aquel minuto y 22 segundos de juego contra el conjunto blanco tendría su reválida en los tres siguientes encuentros que el jugador disputaría en la competición, que serían precisamente ante el mismo rival. La grandeza tocaba a la puerta del mallorquín cada vez con más insistencia. A mediados de 2003, Rudy estaba listo para abrazar el profesionalismo. El Torneo de L’Hospitalet y el Campeonato de España junior supusieron el canto del cisne de su edad del pavo, logrando el trofeo MVP en ambos casos junto con la victoria del Joventut en la primera competición.

La explosión definitiva de Fernández llegaría en la competición más apta para los ‘flashes’ y los focos de todo el baloncesto español: la Copa del Rey. Sevilla 2004 convirtió a Rudy en un jugador de dominio público gracias a los 15,7 puntos, 5,7 rebotes, 2,7 asistencias, dos recuperaciones y un tapón que promedió durante el torneo. El mallorquín se colocó por lo menos a la altura de La Giralda con su espectacular alley-oop a pase de Josep María Guzmán en la final copera. El Joventut no pudo derrotar en el partido por el título al por entonces todopoderoso TAU Cerámica de Vitoria, pero sí se llevó a casa la importantísima mayoría de edad baloncestística del joven Rudy. Un paso de niño a adulto certificado con un MVP, el más joven de la historia y el único sin vitola de campeón. Incontestable. La primera convocatoria de Fernández con la selección absoluta para disputar los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 solo aumentó las expectativas a su alrededor. Aquel chico había llegado para quedarse.


Sin embargo, las cosas no fueron tan bien la siguiente temporada. Rudy no lograba ser el mismo del año anterior y su juego sufrió un bajón animado por los percances físicos y la irregularidad. La participación con España en el Eurobasket de Serbia tampoco ayudó a mejorar sus sensaciones. ¿Su ascenso había sido un espejismo? No, ni mucho menos. Las aguas volverían a su cauce en la temporada 2005-2006, donde Rudy puso Badalona patas arriba para traer a la ciudad el primer título europeo del Joventut en mucho tiempo: la Eurocup.

La compañía de jugadores como Álex Mumbrú, Elmer Bennett o Marcelinho Huertas tuvo mucho que ver, al igual que la sapiencia de Aíto García Reneses en el banquillo verdinegro. A Rudy todavía le quedaba por vivir uno de los mejores momentos de su carrera gracias a la selección española. El oro en el Mundial de Japón 2006 tuvo al alero mallorquín como uno de los componentes fundamentales de la segunda unidad rojigualda. Fue en tierras del Sol Naciente donde se fraguó su letal asociación con otro talento en ciernes, Sergio Rodríguez: el mayor acicate posible para los muelles del tren inferior de Rudy.

Los mates ya se habían convertido en la principal seña de identidad del jugador balear desde hacía tiempo. No tardó en demostrarlo también en la Euroliga, donde un alley-oop postrero que llevó su firma sirvió para derrotar a Unicaja en un encuentro de la primera fase de la temporada 2006-2007. Rudy ya era el líder indiscutible del Joventut y como tal no puso reparo alguno a la hora de hacer de ‘cicerone’ del nuevo diamante por pulir del equipo: Ricky Rubio. La asociación entre ambos germinó por completo en 2008, durante la Copa del Rey de Vitoria. Fernández volvió a coronarse entonces en el torneo copero, esta vez con triunfo colectivo que añadir al MVP individual. Su Joventut había tocado techo tanto a nivel doméstico como continental, con la ULEB Cup como segunda conquista de la temporada. No obstante, Rudy aún distaba mucho de alcanzar su cénit.


Los Juegos Olímpicos de Pekín no tardarían en ratificar los límites insospechados de sus aspiraciones. En China, Fernández tuvo vía libre para hacer y deshacer en la pista con el beneplácito de Aíto desde la banda. Se convirtió en el segundo referente de la selección española en aquel torneo, relegando a Juan Carlos Navarro a un papel secundario al que ‘La Bomba’ no estaba ni mucho menos acostumbrado. La jugada salió bien y, de nuevo, un mate de Rudy pasó a la historia. No fue uno cualquiera, sino uno realizado en toda una final olímpica contra Estados Unidos y elevándose por encima de un mastodonte como Dwight Howard. La plata tuvo un sabor más dulce de lo normal gracias a momentos como ése. En Europa ya quedaba poco camino por recorrer. Había llegado la hora de medirse de tú a tú con los herederos de James Naismith. La NBA esperaba a Rudy Fernández tras su bautismo internacional de la mano del movimiento olímpico. Una vez más, con la referencia del hogar familiar, ya que su hermana Marta había llegado a Los Angeles Sparks de la liga femenina estadounidense un año atrás.

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Parecía que, por fin, un español iba a romper el tradicional mal fario patrio y europeo con la camiseta de Portland Trail Blazers. El ‘rookie’ Fernández no pudo empezar con mejor pie su aventura, convirtiéndose en el primer participante extranjero del Concurso de Mates y también en el mejor novato triplista de la historia de la NBA. Fueron precisamente los triples los que llevaron a la perdición a Rudy en Estados Unidos. Su entrenador, Nate McMillan, le encasilló en un papel de especialista en el que nunca se sintió cómodo. Ni la dupla ofensiva que formó durante algún tiempo con su inseparable Sergio Rodríguez salvó al mallorquín, condenado al ostracismo a partir de su segunda temporada como emigrante. Tan solo la selección española hacía que el fusil en el que se convertían las manos de Rudy con el balón entre ellas volviese a estar atinado. También empezó a llamar la atención en él una actitud defensiva que no tardaría en convertirse en una de sus principales señas de identidad. El primer oro español en el Eurobasket (2009) calmó un poco los ánimos del jugador frente a las penurias que vendrían después. Nada le hizo resistirse a ceder en el intento de volver a convertir en sueño su pesadilla americana. Al menos en un primer momento, pues la paciencia de Rudy también tenía un límite.


El cambio empezó a barruntarse en verano de 2011, cuando Fernández fue traspasado a unos Dallas Mavericks en los que ni siquiera llegaría a debutar. El cierre patronal de la NBA fue la excusa perfecta para tantear cómo estaban las cosas en Europa, a cuyo baloncesto tanto ansiaba regresar. Curiosamente, el destino de Rudy se cruzó con el de aquel equipo al que se había medido en sus primeros compases en la ACB: el Real Madrid. Tan solo tres meses con el equipo blanco sirvieron para confirmar que la maquinaria del jugador estaba a pleno rendimiento. Solo necesitaba un engrase en condiciones para volver a ser el de antes.

Tampoco se le proporcionó a su vuelta a la NBA de la mano de Denver Nuggets. Su espalda, maltrecha desde su experiencia en Portland, tampoco ayudó lo suficiente. En verano de 2012, se confirmó lo inevitable: Rudy sacrificaba un reinado poco probable en la mejor liga de baloncesto del mundo por una jerarquía prácticamente asegurada en el Viejo Continente. Así lo demostraba una y otra vez vestido con la camiseta de España, junto a la que seguía engrosando su palmarés gracias al segundo oro consecutivo de la selección tanto en el Eurobasket (2011) como en los Juegos Olímpicos (2012).

Rudy_Fernandez_Eurobasket_2011

Madrid no tardó en convertirse en una plaza idónea para Fernández. Allí ha logrado consolidarse como alero después de sus devaneos como ‘2’, formando un tridente juvenil lleno de talento y de descaro junto a Sergio Rodríguez y Sergio Llull. El imán de Rudy para las Copas del Rey ha ratificado su magnetismo con dos títulos consecutivos (2014 y 2015), conquistando un nuevo MVP en la última edición copera. Además, el jugador mallorquín también ha podido estrenar su cuenta de Ligas (2013) y de Supercopas (2012, 2013 y 2014). Todo gracias a la consagración definitiva de una exuberancia física pocas veces vista en un jugador de su posición. Ésta le permite seguir desarrollando sus dotes para la anotación a la vez que lidera la defensa del equipo. Una multiplicación capital también en la selección española, el otro escenario en el que se desea apresar el liderazgo de Rudy por muchos años tras el bronce europeo de 2013 y la decepción del pasado Mundial.


Todavía queda mucho por escribir en el futuro de Rudy Fernández. Él mismo remite a los tiempos que aún están por venir tras su giro de tuerca magistral a una posición de alero que no ha dejado de reinventarse desde que la ocupó por primera vez. Los cánones de perfección del ‘3’ moderno se asemejan mucho a los suyos. Los de un particular Hombre de Vitruvio con dos pelotas de baloncesto posadas sobre ambas manos.

Este artículo fue publicado en el número 17 de la revista MARCA Plus

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